El diario íntimo como ajuste de cuentas (Notas… de Juan Marsé)

Sobre el diario de un escritor planea la sospecha de si lo escribió fiel a su esencia, que radica en la inmediatez de las anotaciones, y si ha cumplido con el compromiso del calendario, o, por el contrario, ha sido sometido a una cirugía severa al revisarse para su publicación, con añadidos a posteriori o cambios textuales más allá de la corrección de erratas (operaciones editoriales, en todo caso, que no son el objeto de este artículo). Dudo, por otra parte, que ello le importe mucho al lector abandonado a ese placer hipnótico de su lectura y convertido en destinatario de revelaciones íntimas de quien seguramente ha leído con placer y admiración. Se limita, creo yo, a poner el oído y escuchar lo que le tiene que decir. Si acaso escudriña entre la sucesión de días por ver si encuentra el secreto del genio, paciente, mientras oye ese ruido de fondo que todo diario emite cuando se va leyendo que hoy llueve, que el autor sale pronto y compra el pan, o espera a X, que viene a almorzar a casa; y al terminar el día se dispone a leer a Kafka, antes de dormir. Así, día tras otro, mientras la vida del diarista se va consumiendo ante sus ojos, lentamente, camino de la muerte o de la desaparición o el abandono, un tiempo que el lector, en su acto de lectura, acelera, consumiendo con avidez los días, los meses y los año

Posiblemente a esto se refiere Enrique Vila-Matas en el prólogo de La tentación del fracaso, el diario del peruano Julio Ramón Ribeyro, cuando cita a Alan Pauls, quien dejó escrito que “el cadáver que acompaña el hallazgo del diario es, casi siempre, el cadáver de su autor”. El propio Ribeyro, en una entrada de su diario, correspondiente al 20 de mayo de 1951, se propone, alarmado al pensar en ello, no seguir alimentando el diario que lleva, tras leer lo que dijo Gregorio Marañón: “Todo diario es un lento suicidio”. Una decisión que Ribeyro no cumplió, la de abandonar su diario, afortunadamente para sus lectores, pues siguió anotando sus reflexiones hasta el 30 de diciembre de 1978.

El último libro que ha llegado a las librerías del escritor Juan Marsé, fallecido en julio del pasado año, es un diario, aunque no del todo para su autor, pues siempre se declaró contrario a escribir memorias y diarios. Posiblemente por eso lo tituló Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen). Tampoco son unas memorias, stricto sensu, pues no las escribió, cumpliendo lo prometido. El editor del libro, Ignacio Echeverría, nos informa en el prólogo de que la obra recoge el diario que Marsé escribió durante el año 2004, más una cuantas notas de años posteriores; diario que se impuso como acto de voluntad y a la vez lo escribió “con desgana”, quizás ya por el avistamiento de la muerte por las enfermedades crónicas que arrastraba, y sin pensar en que se convertiría en el cadáver que aparecería junto a su diario.

Porque durante muchos años, Marsé afirmó que no escribiría nunca un diario ni sus memorias. Seguramente temía “yoyear”, en feliz expresión de Sánchez Ferlosio, que escuché recientemente a Luis Landero para hablar de su Huerto de Emerson. Marsé sentía poco aprecio por los géneros de la denominada autoficción.

Juan Marsé

En el diario de 2004, el autor de Últimas tarde con Teresa anota desde los avances en la escritura de un guión, hasta algunos viajes que realiza  para promocionar su obra, o como conferenciante o participar en actos de homenaje o recoger algún premio. También cuenta su experiencia tormentosa como jurado del Premio Planeta, que terminó abandonando, no sin antes levantar algunas ampollas, con un relato de las interioridades del premio que no tienen desperdicio. 

Como lúcido amante del cine clásico que era, hay también muchas referencias en estas Notas a aquellas películas y a sus artistas, de las que escribe con añoranza melancólica, rememorando los sueños de juventud de cuando veía películas en pases de doble sesión en cines de barrio. Son anotaciones amables, así como en las que da cuenta de los encuentros (muchos) con su nieto Guille. O del recuerdo conmovedor de un pájaro al que mató de niño, que le acompañaría de por vida. 

Y hasta aquí la ternura. El resto, sus comentarios y opiniones sobre políticos y periodistas, escritores, productores y directores de cine, más se parecen a un ajuste de cuentas personal que otra cosa. Tiene su elenco de fijos a criticar: Baltasar Porcel, Vila Sanjuán o Juan Manuel de Prada, de los que habla con verdadero desprecio. Otras opiniones llevan el matiz de la ironía, pero también son vitriólicas. En la galería de retratos que exhibe, Luis Goytisolo aparece como el escritor de “demasiadas palabras para decir tan poco, y demasiadas plumas para tan poco pavo real”. Dice de Ruiz Zafón que su prosa es “insolvente”, y la de Cercas la califica de “resabiada”. Reconoce que Javier Marías es un buen escritor, “pero demasiado verboso para ser memorable”, sentencia, y agradece con sarcasmo a “escritores como Armas Marcelo los libros que no escribieron”. Y así, unos cuantos más. Al final, el lector puede que se divierta con la caricatura de unos, y se incomode con la de otros; pero, en general, quedará defraudado por la escasa argumentación para justificar sus sentencias, que, de haberla ensayado, habría servido al menos de esbozo para acercarnos a su particular poética. La sensación final que le quedará al lector es que Marsé muestra un perfil de sí mismo en tono agrio, enfadado con el mundo, desdeñoso por no haber alcanzado un reconocimiento mayor. Y así decidió posar para la última foto. 

De los nombrados, aparte de los que ya están muertos, a los que su condición les impide responder, solo he visto que haya salido a defenderse el articulista Arcadi Espada. Indirectamente, también Javier Marías hace mención al libro de Marsé, no para defenderse, sino para argumentar sobre lo que podríamos llamar ese lado oscuro de los diarios, donde anida la maledicencia en la que otros se regodean.

Marsé califica a Espada como el único periodista que conoce “más abyecto y miserable que De Prada”. Y de éste último dice que tiene una prosa “ensotanada”, en referencia a su condición de articulista católico.  Arcadi Espada respondía, desde su columna de El Mundo, afirmando que, con sus juicios sobre ideas y hombres, Marsé “demuestra, una vez más, que ser un gran narrador de historias es perfectamente compatible con la trivialidad y la cazurrería más asombrosas”. 

Por su parte, Marías, en su página dominical del El País Semanal, traía a cuento “las maledicencias” que suelen contener los diarios y cómo se empeña la prensa en resaltar si se habla mal de tal colega o editor o crítico. Y abogaba porque lo mejor es no darse por enterado y, a poder ser, evitar a los que van a venir a contarte lo que tú no has querido saber y terminas  sabiendo. Es elegante el modo en que Marías despacha el asunto, aunque lo cierra un tanto melodramático cuando dice que “un país que adora la maledicencia y su propagación, no es raro que acabe con frecuencia como el rosario de la aurora”. Quizás es ir un poco lejos con la comparación, pues para solventar una crítica literaria no es necesario llegar al conflicto civil, bastaría con un duelo, al modo del que, a pistola, tuvo Saint-Beuve contra el periodista Paul-Françoise Dubois. Se retaron, se dispararon, pero no se rozaron, y ahí concluyó la disputa. Por cierto, Saint-Beuve se presentó con paraguas al duelo a causa de lo mucho que llovía y lo sostuvo en alto, cuentan las crónicas,  mientras disparaba. Desconozco si dejó escrito aquel día en su diario algo al modo de “hoy me he batido en duelo. Llovía”.

Duelo bajo la lluvia, dibujo de Henri Dupray

De malentendidos, insultos e inquinas, de peleas, está plagado el mundo literario y periodístico. El morbo atrae, la maledicencia, que recuerda Marías. Hay apreciaciones injustas, pero otras componen pequeñas delicias merecedoras de ser leídas. Quizá porque corresponden a otro tiempo, a otra educación. Por ejemplo, el enfado que anotan en sus respectivos diarios, correspondientes al año 1946, André Gide y Paul Léautaud. El 9 de noviembre de ese año, Léautaud escribió en su memorable Diario Literario que “Mme Davet, la secretaria de Gide, tras leer un pasaje de mi correspondencia con Roubeyre (en la que hablaba de Gide), “no ha tenido pelos en la lengua” al exclamar “¡Léautaud es un bribón!”. He aquí el regalo que le debo a Roubeyre, anota Leautaud. Por su lado, Gide escribe en el suyo, el 26 de noviembre: “He sentido siempre por Léautaud un cariño casi muy vivo; por eso me apena cierta frase suya (…) en la que habla de mi ‘hipocresía’, de mi ‘duplicidad’, de mis ‘pequeñas trapacerías”. 

La sangre no llegó al río, no hubo duelo en este caso, pero sí un tercero en discordia, Roubeyre, que hizo público lo que Léautaud le había comentado sobre Gide, sólo para él, por carta. ¡El muy bribón! 

                                                                                                      ALFONSO SÁNCHEZ

Un comentario en «El diario íntimo como ajuste de cuentas (Notas… de Juan Marsé)»

  • el 29 de abril de 2021 a las 9:25 am
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    Interesante y muy divertido el artículo, el tema de los diarios es muy atractivo y todas estas opiniones sobre los otros, además de tener el morbo que nos engancha, nos enseñan las tendencias menos conocidas de los autores. Algunas críticas parecen relativamente suaves, como la de Javier Marías, leer que es demasiado verboso no está mal, es una crítica asumible, aceptable, lo que me parece excesivo es que, por ese motivo, no llegue a ser memorable. Seguiremos defendiendo a Marías como escritor especial quizás por esa verbosidad.

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